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Paisajes sonoros

SANTA BRÍGIDA
CENTRO LOCERO DE LA ATALAYA

La casa de Panchito antiguamente era un patio, un retrete y poco más. Porque la cara se la lavaba en una palangana como nos cuenta Domingo, su discípulo, al enseñarnos la casa donde vivió y creó el Maestro de la Atalaya, que se está rehabilitando para ser mostrada al público. En otra estancia, en torno al patio interior que conectaba las cavidades, había una habitación-cocina donde dormía, hacía sus potajes y comía en una mesita baja. En una cuevita preparaba los materiales poniendo el barro a remojar y en otra más pequeña al lado, horneaba las piezas en una especie de cocinita con tres teniques sobre la brasa y una olla.


Domingo “el taranto”, que así lo bautizó el maestro por que era un poco alocado en la época, o más que ahora; pudo compartir años y aprender con él el oficio en el que lleva 40 años. Cuenta que Panchito se levantaba cada mañana temprano y en el patio bajo, un techito de madera, trabajaba en una postura un tanto incómoda con la cadera retorcida y las piernas para dentro, pues el oficio era trabajado sentado en el suelo tradicionalmente y hasta la época principalmente por mujeres. Y es que, junto a Justo Cubas en el Lugarejo, fueron de los hombres pioneros en trabajar la loza. Continuando unos 300 metros a través de un sendero se encuentra el horno donde Panchito y Antoñita abrasaban sus piezas alimentando la boca con las cepas y sarmientos de la vid alcanzando altas temperaturas y hasta la loza se alise.


El centro locero se encuentra justamente anexado a la casa de Panchito y coordinado por Gustavo Rivero. Allí encontramos una colección de lo más pintoresca de alfarería tradicional y funciona como centro de producción y enseñanza para quienes, como Ana, que allí se encontraba, puedan aprender el oficio o simplemente por afición tomen contacto con esta curtida labor. Una variedad de vasijas, hornillos, jarras, pilas, braseros, tallas, hebrillos, tostadores de millos y castañas etc. También encontramos colgantes, pintaderas, esculturas diversas e incluso cuadros elaborados con arcilla o piezas de barro.


El Centro locero de la Atalaya es un templo de la loza y un reducto de preservación de un encomiable oficio del que las últimas generaciones tienen poco conocimiento. Ha permanecido a salvo por el esfuerzo de artesanos y el apoyo de diversas instituciones, sin ellos sería difícil entender su vigencia y la vorágine del futuro próximo amenaza. Es por ello que siempre queda poder amasar el presente y disfrutar de estas reminiscencias de lo no tan lejano.

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