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Paisajes sonoros

ARTENARA
ACUSA SECA

Si Artenara es uno de los pueblos más especiales y bonitos de la isla, observar el entorno de roques y barrancos que lo rodea produce una especie de catarsis placentera como en pocos lugares de la isla. Esa tempestad petrificada de la que hablaba Miguel de Unamuno cuando se refería a la estampa infernal al pensar en toda aquella explosión de roca en contraste con la calma y paz que produce el
reposo del tiempo.


Saliendo de Artenara en dirección noreste, te encuentras con otro conflicto de belleza; a la derecha, el imponente pinar de Tamadaba, a la izquierda, Acusa Seca. Nosotros nos dirigíamos a descubrir el barranco de Acusa Seca.

Tras sortear tramos en que solo ves laderas, pinares e incontables perspectivas de la estampa abrumante de los roques, llegamos al poblado troglodita de Acusa Seca.

En su momento habitado por aborígenes y ahora un precioso entramado de caminos que conducen a numerosas casas cueva, donde existe un gran contraste entre las primeras con apariencia de barrios residenciales y otras que se escarpan en puntos más recónditos que no deben alejarse mucho del confort de esos antiguos
pobladores. Cuevas perfectamente habilitadas con encalados para protegerlas de la humedad, y otras de estilo más primitivo con paredes empedradas. Las calles o veredas están construidas de forma artesanal dejando múltiples conexiones e incluso pequeños descansaderos y miradores al barranco y los roques. Cada casa cueva quiere tener cuidado de su parcela y en ese equilibrio comunitario se sostiene el poblado.


Esa colmena de nidos en la roca da la sensación de que te engulle, del mismo modo que podría estallar la furia al frente y convertirse en un palco desde el que contemplar terror y belleza. Por suerte, el único fuego que vence la roca en los días que corren es el del sol a la tarde deslizando naranja-oro por las laderas al horizonte, ¡y qué fuego! Un espectáculo que acaba con la llegada de la noche y que, si lo pudiste ver alguna vez, sabrás de lo que te hablo.


Estas cuevas refrescan al calor, resguardan al frío y paralizan el tiempo con el eco de sombra. Dentro de ellas te invade una extraña sensación de estar protegido, a salvo. En cierto modo son vientres que la madre tierra pone para el refugio y el amparo de sus especies. El aire que viene de Tamadaba mece los vientos a través del cañón y te recuerda que hay espacios que te habitan a ti, y lugares que como éste, pasan por ti y no tú por ellos.

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